Una azafata se inclina hacia mí y me dice amablemente que debo desconectar mis aparatos electrónicos durante el despegue. Señala al iPhone y al eReader. Que interfiere con el sistema de mando, dicen. Yo no quiero ser desconfiada, pero a mí eso de que crean que la tinta electrónica puede acabar con un Airbus A320 me da mala espina. Ochenta toneladas al carajo por jugar al Angry Birds (sí, chaval del 15E, oía los “oyyyyyyy” mientras despegábamos).
Vale. Aceptamos iPhone como arma de destrucción aérea, que yo entendiendo que haya seguridad en los aeropuertos. Lo que me supera es la incoherencia y la contradicción.
La poderosa cajita delatadora de líquidos malignos revela el botecito pulverizador de mi bolso. Siempre llevo Nenuco, que además de refrescante, viene de perlas si por lo que sea necesito fabricar un explosivo. No lo puedo pasar, dicen, porque no tiene etiqueta. Acepto con media sonrisa pensando en el idéntico bote que va en la maleta que hace rato me espera al final de la cinta transportadora. A mi acompañante le dejan sin su go-mina antipersonas.
Uno puede aceptar que el agente de seguridad te mire con reproche cual madre decepcionada. No es el fin del mundo que me quiten mi pulverizador de colonia, los chinos me venden 3 a un euro, pero los zapatos no, por favor. ¿Y si ese día me he puesto los calcetines que tienen tomates? ¡Qué vergüenza! Menos mal que yo tengo suerte, Vans debe de tener un acuerdo con Aena que les obliga a hacer zapatillas impenetrables e inmodificables, perfectas para un vuelo seguro. Sin embargo, la chica delante de mí lleva tacones, ¡Cómo osa! ¿No se ha dado cuenta de la cantidad de objetos punzantes que pueden esconderse en un tacón de 5 centímetros?
Entonces llega el momento de la verdad: el escáner. Durante ese segundo que tardas en atravesar el arco, tu vida pasa ante tus ojos. Cruzas todos tus dedos para no oirlo pero ya no hay remedio, el dulce cantar del aparato ejerce de reclamo para una señorita uniformada y muy recta dispuesta a palparlo todo. Se han hecho pelis porno por menos. Me resulta cómico que, por ser yo una mujer, me tenga que cachear otra fémina. ¿Es porque compartimos anatomía? Vale que a la muchacha mis curvas le sean familiares, pero vivo para el día que vea el brillo en los ojos de alguna cacheadora. Le sonreiré picarona.
Pasado el umbral del terror, llegas al paraíso de las compras, donde uno puede adquirir a todo tipo de artículos para seguir con los planes malignos que creías frustrados tras atravesar el control. ¡Y libres de impuestos!
Al menos todas las mamarrachadas han servido para hacer más entretenida las horas extras de espera de tu vuelo retrasado.
Vale. Aceptamos iPhone como arma de destrucción aérea, que yo entendiendo que haya seguridad en los aeropuertos. Lo que me supera es la incoherencia y la contradicción.
La poderosa cajita delatadora de líquidos malignos revela el botecito pulverizador de mi bolso. Siempre llevo Nenuco, que además de refrescante, viene de perlas si por lo que sea necesito fabricar un explosivo. No lo puedo pasar, dicen, porque no tiene etiqueta. Acepto con media sonrisa pensando en el idéntico bote que va en la maleta que hace rato me espera al final de la cinta transportadora. A mi acompañante le dejan sin su go-mina antipersonas.Uno puede aceptar que el agente de seguridad te mire con reproche cual madre decepcionada. No es el fin del mundo que me quiten mi pulverizador de colonia, los chinos me venden 3 a un euro, pero los zapatos no, por favor. ¿Y si ese día me he puesto los calcetines que tienen tomates? ¡Qué vergüenza! Menos mal que yo tengo suerte, Vans debe de tener un acuerdo con Aena que les obliga a hacer zapatillas impenetrables e inmodificables, perfectas para un vuelo seguro. Sin embargo, la chica delante de mí lleva tacones, ¡Cómo osa! ¿No se ha dado cuenta de la cantidad de objetos punzantes que pueden esconderse en un tacón de 5 centímetros?
Entonces llega el momento de la verdad: el escáner. Durante ese segundo que tardas en atravesar el arco, tu vida pasa ante tus ojos. Cruzas todos tus dedos para no oirlo pero ya no hay remedio, el dulce cantar del aparato ejerce de reclamo para una señorita uniformada y muy recta dispuesta a palparlo todo. Se han hecho pelis porno por menos. Me resulta cómico que, por ser yo una mujer, me tenga que cachear otra fémina. ¿Es porque compartimos anatomía? Vale que a la muchacha mis curvas le sean familiares, pero vivo para el día que vea el brillo en los ojos de alguna cacheadora. Le sonreiré picarona.
Pasado el umbral del terror, llegas al paraíso de las compras, donde uno puede adquirir a todo tipo de artículos para seguir con los planes malignos que creías frustrados tras atravesar el control. ¡Y libres de impuestos!
Al menos todas las mamarrachadas han servido para hacer más entretenida las horas extras de espera de tu vuelo retrasado.