
Hay
una canción donde Joaquín Sabina enumera esas cosas que no deberíamos hacer si queremos vivir 100 años. Tener un lector de libros electrónicos, e intentar usarlo, es una de esas cosas.
Hace un año, la
Federación de Editores afirmaba que, en 2009, la industria del libro había
perdido 150 millones de euros por culpa de la piratería. No voy a entrar en lo ridícula que es de esa cifra, sobretodo para la fecha, pero quiero quedarme con el dato para preguntar lo siguiente: ¿Cuántos libros habría tenido que descargar cuánta gente para llegar a esa cantidad de pérdidas? Con este volumen de interés, ¿cómo se explica la actitud impasible de la industria editorial?
Al contrario de lo que piensan
algunos, Internet es el presente y el libro electrónico ha llegado para quedarse. Hace un par de años todavía era cosa de unos cuantos
early adopters, pero ya no. El
estudio de la Federación de Editores de este año asigna al libro digital el
3% de la facturación de 2010. Como no puedo apoyar mis dudas con este dato con números, me limito a contaros mi experiencia personal. Este pasado enero, quise comprarle a un amigo un
Sony Reader y no pude: no sólo se habían agotado, sino que desde Sony se disculpaban porque ni siquiera tenían ya piezas para una pronta remesa. La prueba de esto la vivo yo cada vez que subo al metro de Madrid, donde por
cada dos o tres libros tradicionales, veo uno electrónico.
Entonces me da por pensar de dónde saca toda esa gente sus libros digitales. Seamos sinceros,
descargarse un libro no es fácil: tiene que estar bien formateado, tiene que ser compatible con tu lector, lo suyo es que no sea una traducción cutre de las muchas que se encuentran por la red… y no quiero que suene a que hay que ser doctorado en
descarga y optimización de libros digitales con especialización en
el buen uso del Calibre, pero lo que está claro es que
no hay un librosyonkis y los conocimientos a nivel de usuario no son suficientes.
Y aquí entran las librerías, tiendas que, como la
FNAC o
La Casa del Libro, ofrecen libros en formato electrónico a
precios que generalmente superan el de una edición impresa de bolsillo. ¿Estamos locos?. Pues, o lo estamos, o somos unos mamarrachos... ¿por qué iban a bajar las librerías el precio cuando hay un lector desinformado o inexperto que
paga 16€ por el ePub de una novedad? Está claro que lo que les importa en estos momentos a las editoriales es hacer caja, no lectores, y el
usuario no hace más que fomentarlo pagando por
libros libres de derechos que se pueden descargar gratuitamente en
bibliotecas online o que, en muchas ocasiones, están incluídos en la biblioteca que viene con el lector.
A los editores se les llena la boca en
su informe con datos de proyectos de
digitalización, de aumento de porcentajes de mercado y catálogo, de
rebaja de precios y, en general, de planes para
revolucionar la industria del libro electrónico en los próximos dos años. Afirman ser conscientes de que el cambio se está produciendo y quieren estar a la altura, pero luego salen con cosas como no tienen prisa ni sienten la presión de experiencias anteriores porque
lectores son más fieles al soporte físico que, por ejemplo, en la música.Es el eterno “Es que no es lo mismo el tacto de un libro, pasar las hojas, el olor …”. Pamplinas. Mi experiencia me dice, y seguro que muchos poseedores de eReader me lo corroboran, que la mayoría de estas afirmaciones nacen d
e la desinformación y el desconocimiento. Y aquí es donde más ha fallado la industria editorial. Desde la aparición del Kindle y la proliferación del libro electrónico internacionalmente, la
actitud española ha sido considerarlo una
amenaza hasta que no les ha quedado más remedio y han tomado medidas como la fantástica
Libranda, un gran ejemplo de proyecto creado para fracasar y generar argumentos en contra de la
piratería mientras consigue convertir la experiencia de comprar un ebook un infierno.
Necesitábamos una industria dispuesta a
informar y formar al lector antes de que él se autoenseñe a descargarlos gratuítamente. Que enseñara la verdadera experiencia de leer
tinta electrónica, que hablase de las facilidades que ofrece a la hora de leer
material en otro idioma gracias a los
diccionarios integrados o a la hora de
tomar notas en los documentos sin dañarlos, las ventajas en
comodidad y espacio, la inmediatez, la
versatilidad que ofrece un aparato de lectura con acceso a la red…. Necesitábamos una industria dispuesta a dejar el
cortoplacismo a un lado para priorizar la
captación de tres lectores que pagasen 5€ por una obra en lugar de conformarse con uno que haga caja por los tres. Era necesaria una industria
cuidadosa con los detalles, dispuesta a ofrecer calidad, porque
el precio no lo es todo. Necesitábamos una industria
orgullosa de invertir en el largo plazo financiando la
distribución de eReaders en las bibliotecas públicas. Y lo seguimos necesitando.
Pero, como bien decía
Sabina en su canción, sólo nos queda una solución:
ir a la farmacia a preguntar si tienen pastillas para no soñar.